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Historia

TUMUSLA (1º de abril de 1825)

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LA ÚLTIMA BATALLA DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA AMERICANA

Hubieron muchas y variadas versiones (totalmente equívocas la mayoría de ellas) citadas por historiadores nacionales y algunos extranjeros, subestimando o la mayoría de las veces ignorando, la importancia de la Batalla de Tumusla, la última que se libró en suelo americano y como una extraña coincidencia histórica, el primer triunfo importante de las filas patriotas en suelo altoperuano (Primer Ejército Auxiliar Argentino comandado por Antonio González Balcarce y Juan José Castelli) sobre las fuerzas realistas, fue la Batalla de Suipacha, un 7 de noviembre de 1810, también acaecida en tierras chicheñas. [1] Se llegó a afirmar - y todavía muchos lo siguen haciendo, como por ejemplo, los miembros de la Academia Militar de Historia de Bolivia- que la “Batalla de Tumusla” nunca se produjo, que no pasó de un “amotinamiento cuartelario” de última hora o peor aún, que solo fue una “traición artera” de parte del Coronel Carlos Medinaceli Lizarazu en contra su antiguo Comandante, el general realista Pedro Antonio de Olañeta.

Sería una imperdonable injusticia histórica (y lamentablemente las injusticias abundan en nuestra historia oficial) negar la valiente y decidida participación de los patriotas chicheños y de los montoneros chapacos enviados por Eustaquio Méndez “El Moto” para reforzar las tropas de Medinaceli, que con este triunfo inobjetable y determinante sobre el último ejército realista en suelo americano, garantizaron la libertad y total independencia del Alto Perú, devenida poco tiempo después, por decisión de sus representantes en la Asamblea Deliberante, en la nueva “República Bolívar.” Que mejor testimonio y prueba fehaciente de los hechos acaecidos en esa jornada histórica, que consolidó nuestra independencia y contribuyó a la obtención de nuestra autonomía como nuevo estado, tanto de la corona española, como del Perú y de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que la correspondencia intercambiada entre el Coronel Carlos Medinaceli Lizarazu, el Mariscal José Antonio de Sucre y el propio Libertador Simón Bolívar, confirmando por mano propia (por quienes fueron los principales protagonistas de la gesta libertaria continental) la última victoria de las fuerzas patriotas del sur altoperuano sobre el obcecado y absolutista Brigadier General español Pedro Antonio de Olañeta y de su lugarteniente, el feroz Coronel Manuel Valdés, más conocido como “Barbarucho”, a quien se le atribuye haber disparado contra el General Martín Miguel de Güemes, hiriéndolo mortalmente en Salta, en una infame emboscada planificada arteramente por criollos salteños de la llamada “Patria Nueva”- enemigos declarados del Gran Caudillo de los gauchos del norte argentino- y que después del deceso del héroe argentino, firmaron el vergonzoso “Armisticio de Salta”, permitiendo de esta manera que las fuerzas realistas acantonadas en el Alto Perú, permanecieran estratégicamente como retaguardia, fortaleciendo así las posiciones del ejército godo del Bajo Perú, que combatían contra el ejército del Libertador José de San Martín en las costas peruanas.

DECISION DEL GOBIERNO DE BUENOS AIRES.- Mientras tanto en Buenos Aires a solicitud del diputado argentino Mario Castro, el Gobierno provisional encabezado por Juan Gregorio de Las Heras, autoriza armar una expedición militar con destino al Alto Perú y salir al encuentro de Gral. Olañeta, encargo que recae en el entonces Gobernador de la Provincia de Salta Gral. Juan Antonio Alvares de Arenales, el que pronto se apresta a reclutar milicianos de Salta y Jujuy y envía un presupuesto tentativo a Bs As para hacer frente a los gastos de movilización hacia las “provincias altas” del Rio de la Plata. Bs.As. responde que no se encuentra en capacidad de costear la empresa y que hará lo posible por obtener un empréstito para cubrir la demanda de Arenales. Finalmente es el propio Arenales quien consigue un empréstito de 18.000 $, con la autorización de Gobierno de Bs As y solo recibe de este la cantidad suficiente para comprar 500 reses, mulas y caballos. Envía a la vanguardia un batallón de 200 hombres, la mayoría de ellos de origen altoperuano residentes en territorio argentino, comandados por el Cnel. José María Pérez de Urdininea, también oriundo de Charcas, quien desde 1821 buscaba la oportunidad de regresar al Alto Perú. Este oficial sin esperar las órdenes precisas de Arenales realiza una incursión hasta Talina donde sorprende a la mujer y al cuñado de Olañeta, pero no logra capturarlos, como lo manifiesta detalladamente en parte enviado a Arenales y regresa a su base en Humahuaca. Finalmente ante la demora del avance de grueso de las tropas comandadas por Arenales, en franca insubordinación, ingresa definitivamente en tierras altoperuanas hasta Tupiza dondese autoproclamaComandante supremo del Ejército del sur”, actitud que es acremente reprochada por Arenales quien inmediatamente comunica a Bs As la “deserción de Urdininea”. Cuando el Mariscal José Antonio de Sucre también es enterado de dicha proclama, se molesta enormemente, porque ni el Gobernador de Salta ni su persona le habían conferido nombramiento alguno.

En marzo Arenales emprende la expedición con rumbo a las provincias altas (Alto Perú) con la misión expresa que le encomienda el Gobierno de Bs. As., de conseguir la rendición incondicional de Olañeta (ya era del conocimiento del Gob. Provisional la proclama de Cochabamba y de Potosí que hizo el Gral. realista, de continuar con la guerra y mantenerse fiel a la corona española) o someterlo por las armas, dejando en total libertad a las 4 provincias de alto Perú de decidir su suerte, o bien de anexarse a la Provincias Unidas del Río de la Plata o de buscar su propia autonomía.

LA ÚLTIMA BATALLA.- Olañeta y su obcecada lealtad al rey de España, el “Deseado” y absolutista Fernando VII, había provocado un primer enfrentamiento fratricida con las fuerzas realistas del Virrey José de la Serna en la primera mitad del año de 1824, evitando de esta manera que el Gral. Jerónino Valdéz, que había sido enviado por el Virrey para escarmentar a Olañeta, llegara a tiempo para reforzar al Gral. Canterac en la Batalla de Junín. Además su ausencia en la Batalla decisiva de Ayacucho le restó 4.000 hombres al ejército de España, baja importantísima que facilitó el triunfo del General Sucre a tal punto que el combate duró menos de dos horas. Después de la derrota definitiva de La Serna y de la capitulación de Ayacucho (9 de diciembre de 1824), Olañeta intentó ganar tiempo firmando “un armisticio de cuatro meses” con el emisario y ayudante personal del General Sucre, el coronel Juan Elizalde, retirando inmediatamente su vanguardia estacionada en Puno y replegándola a La Paz, mientras se reunía con su Consejo de Guerra en Cochabamba el 24 de diciembre, decidiendo por unanimidad continuar con la guerra, ratificando su rechazo a la Constitución liberal de Cádiz de 1812 y reafirmando su lealtad incondicional a Fernando VII.

Pero casi inmediatamente después de esta proclama, comenzó la debacle de las tropas de Olañeta, primero en Cochabamba sufrió la defección del batallón denominado “Fernandinos en cuanto abandonó esa ciudad para dirigirse a La Paz (14 de enero de 1825). Ante la inminente llegada del Ejército Unido, pues Sucre desconoció el armisticio firmado por su ayudante y continuo su marcha desde el Desaguadero ingresando a territorio altoperuano. El General rebelde abandonó apresuradamente La Paz el 29 de enero, lo cual fue prontamente aprovechado por el Comandante guerrillero José Miguel Lanza para ocupar la ciudad con sus patriotas (había recibido previamente instrucciones de Sucre para hacerlo en cuanto se marchara Olañeta, evitando en lo posible enfrentarse con sus tropas).

Al llegar Sucre a la ciudad de la Paz el 6 de febrero, nombro Gobernador de esta ciudad a Lanza y admitió entre sus tropas a los oficiales que habían defeccionado de las tropas de Olañeta en Cochabamba, entre ellos, al Cnel. Pedro Arraya. El como muchos otros caudillos altoperuanos, por ejemplo: el Moto Méndez, el propio J.M. Lanza y muchísimos mas, en 1824, durante la “guerra civil realista” entre “absolutistas” y “constitucionalistas”, habían optado por alinearse con Olañeta, hábilmente engañados por el famoso “dos caras”, el inefable Dr. Casimiro Olañeta, secretario privado y portavoz del General realista, quien les hizo creer que su tío, al enfrentarse con el Virrey La Serna “habría optado” por la independencia del Alto Perú (entre los engañados estuvieron también el Libertador Bolívar y el propio Mariscal de Ayacucho). Sucre designó al Cnel. Pedro Arraya para encabezar una pequeña vanguardia de observación que salió detrás del Gral. Olañeta, seguido de cerca por las tropas encabezadas por el Cnel. irlandés Francisco Burdett O´connor, Jefe de Estado Mayor del Ejercito Unido y comandante de la vanguardia, alto oficial que gozaba de la mayor confianza del Mariscal.

Mientras tantocontinuaron las defecciones en cadena, porque también en Vallegrande (Santa Cruz) otro Batallón de “Fernandinos” depusieron al temible Coronel Aguilera el 12 de febrero y el 14 el coronel Juan Mercado se apoderó fácilmente de Santa Cruz de la Sierra. En Chuquisaca el Coronel Francisco López de Quiroga, quien fuera oficial subordinado de Olañeta, a la cabeza de los “Dragones de la Frontera”, se pronunció por la libertad de la patria el 22 de febrero. El general Olañeta se refugió en Potosí con la esperanza de reunir a todas las tropas que todavía le eran leales y que le permitirían mantenerse firme en el sur del Alto Perú. Reunido con su Estado mayor en Potosí, en el edificio del Pabellón de los Oficiales Reales, votaron todos sus jefes optando nuevamente por continuar la guerra y enterado de la defección de López de Quiroga en Chuquisaca, envió al famoso “Barbarucho”, Cnel. Manuel Valdez, al mando de 1.000 hombres para retomar esa ciudad y de paso escarmentar a Quiroga. También le llegó la noticia de que Medinaceli había proclamado la “independencia de Charcas” en Cotagaita lo que aumento sus temores y preocupaciones.

Anoticiado de que la vanguardia del Mariscal Sucre, avanzaba rápidamente hacia Potosí, decidió marchar hacia Cotagaita, porque permanecer hubiera significado un inevitable enfrentamiento con el ejército libertador de la Gran Colombia en desigualdad de condiciones, pues el grueso del ejército libertador lo conformaban 4.000 hombres entre infantería y caballería. En la tarde del 27 de marzo abandonó Potosí y ése mismo día cerca de la medianoche, ingresaba Pedro Arraya al mando de un centenar de hombres hasta la Plaza de armas, donde acampó a la espera de O´connor y de todo el ejército Unido que arribó al día siguiente. La noticia de la Proclama libertaria hecha por el Cnel. Medinaceli el 25 de marzo de 1825, fue el primer anuncio que ponía fin a sus delirantes pretensiones de ser el nuevo “Virrey del Río de la Plata”- nombramiento que efectivamente llegó dos meses después de su muerte-, o de gobernar, al menos sin oposición, las provincias altas, último bastión de la Corona española en América del sur.

Acosado por el avance de Sucre desde el norte, al mando solo de 32 jefes y oficiales y un total de 1.700 hombres, fue al encuentro de su antiguo subordinado sabiendo que éste se encontraba en inferioridad numérica, tal vez con la intención de derrotarlo rápidamente y huir hacia la frontera con la Provincias Unidas del Rio de la Plata, donde tenía planeado resistir, como ya lo hiciera exitosamente un año antes contra las tropas del Gral. Jerónimo Valdez enviadas por el Virrey La Serna, en la llamada “guerra civil” entre constitucionalistas y absolutistas.                                                                    

Al calcular equivocadamente que Medinaceli se atrincheraría en la fortaleza de Cotagaita, planificó unir sus fuerzas con las de “Barbarucho” Valdez en dicho lugar, pues este ya marchaba desde Chuquisaca con ese fin. Pero Medinaceli, con la llegada de la caballería tarijeña, los mentados “montoneros de Méndez”, sumados a los voluntarios de Tupiza y Cotagaita, había logrado reunir a 1.300 hombres, con 26 jefes y oficiales que casi equiparaban las fuerzas realistas de Olañeta y decidió adelantarse y sorprenderlo a orillas del río Tumusla(mitad del camino entre Vitichi y Cotagaita) aprovechando las ventajosas condiciones del lugar: un denso bosque compuesto por molles, sauces, churquis y matorrales (ideal para esconder a la infantería), una playa ancha que permitía maniobrar libremente a la caballería, y además un fácil acceso para una retirada, en caso de una posible derrota, hacia Cotagaita.

El día anterior al 1º de abril, Medinaceli partió de Santiago de Cotagaita de madrugada y sus tropas se acomodaron estratégicamente en la margen derecha del Río Tumusla, sobre el llamado “camino real” que unía Potosí con Buenos Aires. Emboscados esperaron la llegada del ejército comandado por Olañeta, quien después de abandonar Vitichi avanzaba resueltamente a su encuentro, a un enfrentamiento inevitable y decisivo que definiría su destino y su permanencia en tierras americanas. A las tres de la tarde del 1º de abril de 1825, cuando las tropas de Olañeta comenzaron a vadear el río, fueron recibidas con una descarga de fusilería de la infantería chicheña, que se encontraba emboscada durante muchas horas y al acecho entre la densa arboleda de la margen derecha del río Tumusla e inmediatamente atacó la caballería patriota por ambos flacos, sorprendiendo completamente al desprevenido general realista (4).

(4) Previamente a la batalla, Olañeta envió hacia Tumusla, un oficial de la vanguardia que informó no haber visto nada extraño y al regresar a Vitichi, permaneció custodiando a su esposa hasta la capitulación. La hipótesis es que si realmente no detectó a los emboscados y fue engañado, lo mas probable es que haya sido aleccionado por Medinaceli y por eso no los delató y tampoco participó en la batalla, poniéndose a buen recaudo en Vitichi.

La caballería de Medinaceli integrada por chicheños y tarijeños, de reconocida fama como hábiles jinetes y feroces con la lanza y el sable, destrozaron rápidamente a la vanguardia realista, mientras la infantería los rodeo para impedir cualquier posibilidad de fuga. Ante la formidable estrategia de Medinaceli, a Olañeta no le quedó más alternativa que arengar a sus tropas para luchar hasta el último hombre y vencer o morir en el intento, lo que le produjo enormes bajas entre muertos y heridos. Indudablemente que la decisión de Olañeta fue combatir hasta sacrificar al último soldado y perecer él mismo en el combate si fuera necesario, antes que aceptar la humillación y el deshonor de la rendición o caer capturado en manos de su antiguo subordinado. Rehaciéndose momentáneamente y sin tiempo ni posibilidad de utilizar su artillería, ordenó a sus tropas avanzar al encuentro frontal del enemigo, batiéndose arduamente durante casi cuatro horas. El amplio dominio del terreno que tenía el caudillo chicheño y el ímpetu de las tropas patriotas finalmente causaron destrozos irreparables en las filas realistas: 500 soldados y 9 oficiales muertos y 720 heridos. Casi el 75% del ejército absolutista quedó fuera de combate. Pero un hecho capital cambiaría la suerte de los godos inclinando definitivamente la balanza en favor de Medinaceli. En el fragor del combate cayó mortalmente herido el General Olañeta, baleado por su propio oficial y amanuense, el Tte. catalán Francisco Sánchez, quien aprovechando la confusión del entrevero de la batalla, tomó venganza personal contra su General, el que abusando de su autoridad, había violado a su joven esposa en la ciudad de La Paz en el mes de enero de 1825 y sintiéndose profundamente mancillado y humillado en su honor de hombre y militar, se había juramentado hacerle pagar con la vida al déspota y soberbio Olañeta. Una vez perpetrada su venganza,el joven realistahuyó inmediatamente del lugar de los hechos. El ver caer ensangrentado de su caballo al omnipotente Olañeta causó un totaldesconcierto y desmoralización en las filas realistas, que finalmente, a las siete de la tarde se rindieron incondicionalmente. Medinaceli trató a los vencidos con respeto y consideración acorde a la capitulación de Ayacucho y pese a que ordenó de inmediato que se le prestaran los primeros auxilios y la atención médica necesaria que requerían las graves heridas del viejo General ibérico, pasada la medianoche de ese jueves santo, mas propiamente al amanecer del día 2 de abril, expiró el Brigadier General Pedro Antonio de Olañeta, último “virrey” español que pisó suelo americano. Se bajó así el telón a la sangrienta y épica guerra libertaria de los pueblos del Alto Perú, que paradójicamente, siendo los primeros en rebelarse contra la corona hispánica, después de 16 años, sin duda la campaña más larga del continente, fueron los últimos en obtener su total emancipación.

INFORME A LOS LIBERTADORES.- Ocho horas después de haber concluido la batalla, llega al campamento improvisado de Medinaceli, el Cnel. José María Pérez de Urdininea al mando de 200 soldados, casi todos ellos altoperuanos, que integraron el ejército argentino y que venían como vanguardia de Arenales. Inmediatamente se pone bajo las órdenes de Medinaceli y será después el encargado de realizar el parte de guerra detallando las bajas de ambos bandos. Este primer parte fue escrito a la medianoche del 1 de abril y enviado al amanecer del día 2 de abril, por intermedio del mayor Villegas, al Gral. Sucre, que ya se encontraba en Potosí. Cinco leguas antes de llegar a la Villa Imperial de Carlos V, dicho oficial se encuentra con la avanzada del Ejército Unido a cuya cabeza iba el Cnel. Francisco Burdett O´Connor, acompañado por Manuel María Urcullo (encargado personalmente por Sucre para redactar la capitulación en caso de rendición de Olañeta o un convenio con el Gral. ibérico en caso de pasarse éste al ejército patriota pacíficamente), quien -según lo reconoce en sus memorias-, fue el primero en leer el mensaje y como consecuencia ordena inmediatamente el retorno de sus tropas a Potosí. Según relata en sus memorias el secretario privado de Sucre, José María Rey de Castro, el Mariscal de Ayacucho se encontraba descansando en su recámara, cuando recibe el parte de Medinaceli informándole del triunfo de Tumusla y la muerte de Olañeta. Esta noticia le causó mucha impresión y disgusto en primera instancia, porque aun guardaba la esperanza de que el general realista se acogiera a la capitulación de Ayacucho y terminara integrándose al ejército libertador. Después dispuso que nuevamente O’connor vaya al encuentro de Medinaceli y de Urdininea con muchas cautela, desconfiando todavía de dichos oficiales y les conmine a ponerse bajo sus órdenes incondicionalmente, evitando en lo posible mezclar sus tropas con las de Medinaceli y Urdininea. Después de aceptar la rendición de las tropas de “Barbarucho” Valdéz en Chequelti, (quien no pudo llegar a tiempo para reforzar a Olañeta en Cotagaita, no sabemos con total certeza, si este alto oficial, considerado el brazo derecho de Olañeta, se habría mantenido intencionalmente al margen hasta ver la definición de la Batalla de Tumusla, cansado ya de continuar con una campaña que no tenia futuro en una América totalmente libertada e independiente o si realmente su retraso perjudicó a Olañeta, al restarle 1.000 hombres que hubieran sido determinantes para vencer a Medinaceli) y de capturar al asesino de Olañeta que se había refugiado entre las tropas de Barbarucho, Medinaceli redacta el “ 2º Parte de Guerra” con todo detalle y lo manda custodiando a los prisioneros, al Cnel. Urdininea al encuentro del Mariscal Sucre.

AVANZADA DEL EJÉRCITO ARGENTINO.- El Cnel. José María Pérez de Urdininea, el día 1 de abril se encontraba en las inmediaciones de Cotagaita, cuando a las doce de la noche de ese mismo día, recibe la noticia del triunfo de Tumusla de manos del Ayudante de Medinaceli, el Tte José Martínez y envía enseguida un mensaje al jefe de la vanguardia argentina, Coronel Domingo Iriarte, que ya se encontraba en Tupiza la madrugada del día 3 de abril, informándole del triunfo de Tumusla y de la muerte del Gral. Olañeta. A su vez Iriarte le hace un parte al Gral. Arenales, quien recibe la noticia cuando estaba en Negra Muerta (Argentina) con el grueso de su tropa y responde desde Tilcara dirigiéndose al Gobernador interino de Salta don Teodoro Sánchez de Bustamante, ordenándole que ponga en conocimiento de toda la provincia, la buena nueva del triunfo de Medinaceli, a través de un bando, el cual fue publicado y difundido como Boletín” el día 8 de abril de 1825. Después del enfrentamiento bélico, enterado por el hijo de Arenales de la cercanía de las tropas argentinas salto-jujeñas, que ya se encontraban en Mojo, le escribe a su comandante, el Gral. Arenales, pidiéndole encarecidamente no avance más, porque la falta de recursos de estos lugares no permitirían alimentar a su tropa y menos a los animales que traen, por estar esta provincia empobrecida después de tanta lucha y desgracia. En respuesta Arenales deja la retaguardia en Mojo y con parte de su ejército avanza hasta Nazareno, donde deja a cargo de la tropa al Cnel. José María Paz. Decide entonces proseguir viaje con una pequeña escolta al encuentro de Sucre en Potosí, para cumplir con la misión que le encomendara el gobierno de Bs. As. Nuevamente el Gral. Arenales escribe al Gobierno de Bs As., Informa de Tumusla y sobre las negociaciones para anexar Tarija a las Provincias Unidas.

CONCLUSIONES.- PRIMERA.- Sabemos con certeza que el Mariscal Sucre ordenó al Coronel Francisco Burdett O’connor marchar tras el ejército de Olañeta para destruirlo y terminar así su campaña victoriosa desalojando al último contingente realista de la patria americana. El enfrentamiento hubiera sido inevitable y la derrota de Olañeta un hecho predecible por la diferencia de fuerzas, un triunfo en Chichas hubiera sido el mejor corolario a la magnifica campaña del ejército colombiano. Pero al saber del triunfo de Medinaceli y la muerte de Olañeta, Sucre se sintió muy contrariado y aunque felicitó a Medinaceli a través de una carta, ocultó premeditadamente este hecho que le restaba gloria personal, al escribir en forma oficial al Gobierno de Buenos Aires, al Deán Funes (quie representabadiplomáticamente al Perú en Bs.As.) y a sus camaradas militares de la Gran Colombia, informándoles (desinformando sería lo correcto) que fueron las tropas del “Ejercito Unido” que él comandaba, quienes terminaron con Olañeta, sin nombrar para nada al Cnel. Medinaceli ni a su regimiento chicheño-tarijeño. El Cnel. O’connor, quien sabía perfectamente como fueron los hechos, por haber sido su jefe de Estado Mayor y el primero en leer los “Partes de guerra de Medinaceli” y además hacerse cargo de “Barbarucho” Valdés y los demás prisioneros, intencionalmente en sus memorias se olvida de todo (la edad octogenaria que tenía el General irlandés cuando escribió sus memorias, no es atenuante para un hecho de tan trascendental importancia, muy difícil de olvidar incluso para un anciano) y lacónicamente relata que solo hubo “un motín” donde falleció Olañeta. También fueron cómplices de esta “confabulación del silencio” el Cnel. Urdininea y los famosos “dos caras”: Casimiro Olañeta y Manuel María Urcullo. Este último fue el autor de una crónica histórica titulada “Apuntes para la Historia de la revolución del Alto Perú escrito por unos patriotas”, publicada en 1855 y que sirvió de falsa referencia a todoslos historiadores bolivianos y extranjeros.

Los “historiadores bolivianos” jamás se acercaron a los descendientes de Medinaceli para consultar los originales de la correspondencia expedida y recibida por el vencedor de Tumusla, y 120 años después de la Batalla, se publica por primera vez en 1945, en el periódico “La calle” de la ciudad de La Paz, por iniciativa del biznieto del General Carlos Medinaceli, Emilio Medinaceli Quintana, dos cartas de Bolívar: una felicitando a Medinaceli por su triunfo militar y otra dirigida a Sucre resaltando la gesta patriótica del coronel chicheño. El autor del presente trabajo, tuvo oportunidad de confirmar la existencia de dos cartas de Medinaceli dirigida al Gral. Arenales y varias cartas del Gobernador de Salta dirigidas al Gobierno de Buenos Aires, informando ampliamente sobre la Batalla de Tumusla, así mismo un bando publicado por el Gobernador interino de Salta, Don Teodoro Sánchez de Bustamante, informando a todo el pueblo de Salta el triunfo de Medinaceli en la Batalla de Tumusla y la muerte de Olañeta, que se encuentran en el Archivo histórico de la Provincia de Salta (República Argentina).

Lo más increíble de todo, es que el historiador norteamericano Charles Arnade, obtuvo su “Doctorado de Historia” y hasta una medalla de oro en un concurso universitario de historia latinoamericana en EE.UU., por su libro: “La dramática insurgencia de Bolivia”, publicada en 1957, donde afirma muy orondo y suelto de cuerpo:

“…La Batalla de Tumusla permanece aun en el misterio. Urcullo, quien estuvo en camino para hablar al general Olañeta, afirmó que solamente fue disparado un solo tiro, por un soldado desconocido, con la intención de asesinar al general. La afirmación de Urcullo parece correcta...” Además el susodicho historiador de marras, afirma que Olañeta fue una “infortunada víctima” de la traición de dos altoperuanos en quienes había confiado siempre: Olañeta y Medinaceli. Para rematar, el sofista del norte dice:

“Solamente un año mas tarde, Sucre tuvo que admitir a un amigo íntimo, que Medinaceli y Arraya eran muy mala gente” (Pag. 203 del libro “La dramática insurgencia de Bolivia”).

Parafraseando al Dr. Arnade preguntamos: ¿De donde sacó este malicioso comentario, si no presentó nunca la supuesta carta de Sucre, ni da el nombre del supuesto amigo íntimo? ¿No se llama eso difamación y calumnia? ¿Cree acaso que con citar a Urcullo y Sánchez de Velasco, fuentes de segunda y tercera mano nada confiables, no necesitaba buscar más las fuentes primarias, y esclarecer este importante hecho histórico? La acción de Arnade (al reproducir falacias históricas sin tomarse el trabajo de verificarlas) fue una de las menos éticas acciones de la historiografía boliviana.

SEGUNDA.- Olañeta al rehuir enfrentarse al ejército libertador de Sucre, replegándose a la frontera, hubiera tenido que combatir inevitablemente con las fuerzas del General Juan Antonio Álvarez de Arenales, que marchaba justamente a su encuentro por mandato del Gobierno de Buenos Aires y que además tenía la misión de reclamar a Sucre, a nombre del Gobierno de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, los territorios de Chichas, Tarija y Tarapacá (hoy Rep. de Chile, pero que en esos momentos pertenecía a la intendencia de Potosí) y dejar a las 5 provincias altoperuanas: La Paz, Cochabamba, Santa Cruz, Potosí y Charcas, con la libre determinación de decidir sobre su futuro. Un triunfo de Arenales sobre Olañeta le hubiese permitido ocupar militarmente la villa de Tarija y negociar con mayor ventaja la anexión de dichos territorios a la Provincia de Salta, aunque obtuvo, pese a todo, el consentimiento de Bolívar, nunca logró la aceptación de Antonio José de Sucre, a la corta Presidente de la nueva república, ni de Casimiro Olañeta Güemes, el principal propiciador de la total independencia del Alto Perú en el Congreso Deliberante que se instaló en Chuquisaca el 10 de julio de 1825 y que concluyó finalmente con la declaración de la independencia el 6 de agosto y con la creación de Bolivia el 11 de agosto del mismo año, ambos contrarios a ceder las provincias de Chichas y Tarija a la actual República Argentina.

TERCERA.- Lo cierto e irrecusable es, que la victoria de Tumusla a la cabeza de un criollo de Chichas, como lo fue el Coronel Carlos Medinaceli Lizarazu, selló la independencia definitiva de América del Sur y bajó así el telón a la sangrienta y épica guerra libertaria de los pueblos del Alto Perú, que paradójicamente, siendo los primeros en rebelarse contra la corona hispánica, después de 16 años, sin duda la campaña más larga del continente, fueron los últimos en obtener su total emancipación.          

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